Cris

Maratón, 42 kilómetros y pico

Sí, lo sé, ha pasado una semana y un día desde un día tan especial. Este 27 de abril del 2019 ha pasado a ser uno de los días más especiales de nuestra vida “runner”.

Llevo todo este tiempo intentando escribir este post y por primera vez, y mirad que soy charlatana; no tengo palabras.

Son demasiadas cosas en la cabeza, 42km dan para mucho y hay demasiados sentimientos por zancada.

Lo primero que quiero hacer es daros a todos las gracias.

Gracias por seguir este blog, por apoyarnos todo este tiempo (han sido tres meses de entrenamientos, una media de 600-700kms… Ahí es nada) y vuestros ánimos antes y durante la carrera.

Debo reconocer que sufrí, pero como me han dicho, si no sufres, no es maratón. Carol lo llevó mejor que yo; ella ya sufrió solo al final, y era debido al cansancio.

Lo mío fue distinto. Reconozco que como somos unas “reservonas” íbamos a un ritmo más lento del habitual y eso provocó que los músculos de mis piernas fueran forzadas todo el tiempo, sí, ir más lento de tu ritmo te destroza las piernas. Pero eso es lo de menos, aguanto bien el dolor muscular; mi problema siempre es el mismo. La cabeza.

Todo iba bien, contentas, bromeando. Disfrutando cada kilómetro, buscando los cuadros y pensando si la palabra que los acompañaba reflejaba lo que sentíamos.

Casa de Campo no se me hizo dura, al contrario. El calor me estaba matando y tenía que coger dos botellas por avituallamiento; una para tirármela por encima y otra para beber, el calor y yo no nos llevamos bien y tenía miedo de un golpe de calor. No conseguía bajar mi temperatura corporal y las sombras de Casa de Campo me vinieron de lujo. Por cierto, poner Las Pinturas Negras de Goya en Casa de Campo es tener un sentido del humor muy cruel (admito que me hizo gracia, yo hubiera hecho lo mismo).

En el kilómetro 37, justo después del arco de “Rompe el muro”, mi cabeza dijo que no podía más y me pasé los últimos 5 kilómetros diciendo eso.

Solo quería parar a caminar un poco, dejar que mi cabeza se relajara y empezar de nuevo. Además, a nuestro alrededor no dejaba de ver a gente caminando, con la cabeza baja, acalambrados y mi cabeza no dejaba de repetirme: “Ves, esto es demasiado duro, ellos ya no pueden, qué te hace pensar que tú sí”. Quería caminar, y esos 5 kilómetros fue una pelea entre mi cabeza y Carol, que no paraba de repetirme que no parara, que siguiera… Intentaba solo escuchar la voz de Carol, centrarme en dar el siguiente paso, en no frenar, en seguirla.

Los kilómetros pasaban lentamente, demasiado. En el 40 estaban nuestros “Drinking”, Carol me conoce y mandó refuerzos y las palabras de Carmenado surgieron efecto. Un poco más adelante estaba nuestra querida Arancha animando, compi de los Tigers y Carol volvió a mandarla en mi ayuda. Ellos tenían razón, ya, estaba hecho, y podía hacerlo, la meta estaba demasiado cerca como para rendirme ahora.

Y en el kilómetro 42 todo mi infierno se acabó, solo podía ver el arco de meta, ya todo daba igual. Solo pensaba en que tenía a Carol a mi izquierda, mismo ritmo, una al lado de la otra. Lo habíamos logrado y era nuestro triunfo.

Los gritos de Let desde las vallas en la recta de meta me dieron unas fuerzas que creí que ya no tenía, recordé la palabra del último cuadro que recuerdo “Extasis”; sonreí y le lancé un beso.

Alfombra roja, últimos metros, agarradas de la mano, mismo ritmo, misma zancada. Levantamos los brazos y cruzamos meta (gracias Felipe por estar al otro lado con nosotras), nos abrazamos. No hay mejor sensación que abrazar a tu compañera durante tantos kilómetros, reímos, no podemos borrar la sonrisa del rostro. No lloramos.

Atrás he dejado todo el sufrimiento en los últimos kilómetros, ya nada me importa.

Lo hemos hecho, lo hemos logrado. Juntas. Porque un tigre nunca deja solo a otro tigre. Por que somos un equipo.

No sabremos que vendrá después.

Mientras mis fuerzas aguanten y aunque mi cabeza me falle, mis piernas siempre estarán dispuestas a correr a su lado.

Solo sé que si Carol me dice ven, voy.

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